domingo, 28 de mayo de 2017

ANÈCDOTAS DE MI VIDA


En una mañana cálida en el aula del instituto, bajo un ambiente de tensión en el curso denominado “desarrollo profesional ”; un equipo conformado por cinco integrantes decidimos poner en marcha lo aprendido en clase.
Acabo de un mes, se llegó el momento de presentar el informe al docente encargado, cuya exposición estaba pactada para el inicio de semana; en el preciso momento de presentar el informe un compañero del grupo encargado de dar los últimos ajustes al informe y elaborar las diapositivas de exposición no se presentó y por ende el docente decidió desaprobar al grupo por falta de planificación y coordinación del equipo.
Al día siguiente nuestro compañero “faltón” se acercó al grupo pidiendo las disculpas del caso por haber tomado esa decisión y no haber avisado a tiempo. Todos los demás compañeros le reprochamos enfurecidos ya que la razón era el 40% de peso que tenía el trabajo para la calificación del promedio final.
Muchos compañeros tras dicho suceso, decidieron retirarse del curso, porque tanto en exámenes y en el trabajo tenía notas desaprobatorias. Fueron pocos los que decidimos continuar manteniendo la esperanza de aprobar el curso con la mínima nota. 





Era una mañana muy fría, cuando la aurora empezaba a rayar, me levanté con ganas de salir a estudiar, la clase empezaba a las 7:00am me tocaba exposición del curso de “instalación y configuración de redes de comunicación” Salí entusiasmada con dirección al instituto lista para mi exposición.
Estando a 10 minutos del instituto sentí una mano en mi hombro, levanto la mirada era un hombre gordo con el rostro desfigurado, quede fría, me cogió los brazos y puso un cuchillo en mi cuello. Con una voz ronca me dijo dame la mochila sino pierdes.
Sabiendo lo estricto que era el profesor, tenía que hacer mérito para salir de las manos del malvado. Le dije suéltame y te doy la mochila. Confiado en mis palabras accedió a mi pedido y en ese instante corrí lo más fuerte que pude. Con la cara pálida llegue al aula. Nadie se dio cuenta mi situación. Habían transcurrido 30 minutos, me presente pidiendo disculpas ante todo al profesor y compañeros y empecé mi exposición.
En la mitad de la exposición me di cuenta que nada nos puede impedir cuando hay fuerza de voluntad para hacer las cosas. El tiempo se acortaba cada vez que pronunciaba una palabra, así que decidí ser breve en la conclusión. Les conté lo que me había pasado, todos incluyendo el profesor se asombraron por la acción de escapar corriendo ante un hecho muy delicado. Al final el profesor se acercó a felicitarme por la valentía mostrada y por llegar a la exposición.







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